martes, 28 de abril de 2009

Ulises. Las murallas aún no temen. Las mujeres, su desnudez lavada y gris aún, no te temen. Voraz el eco de las máscaras de esta noche, voraz en sus ojos el nacer de la noche. Lo sé, las veo. Te busco en ellas, desamparadas criaturas sin rostro, sus bocas adentro se gritan en el temblor de los huesos. Justo en el temblor de sus huesos.

Desaparecidas ellas y yo. Por entre las luces de su piedra trémula, su carne trémula.
Un dolor árido Ulises, el desierto amándose en la piel. Como en el grito hacia adentro.
Amándose

Fugitivas nuestras voces en el agua./una mentira/ La misma frontera que es el agua, la lluvia, el río. Ulises. Otra vez, Ulises. La memoria es nuestro reflejo sobre el mar abandonado. Mi pecado, la impaciencia de enfrentarme a cada sombra de sus horas. A cada ausencia. Ávidas a su peste, como así a la danza de sus muertos.

Todas danzan Ulises

Secreta es la sonrisa que palabra por palabra rompen con su ritmo. La espera. Ulises. Una llave, y la espera. Todavía tardo en el antiguo lenguaje que nos cubre de arena. Mis manos, visten de preguntas. Con heridas visten de preguntas. Feroz es el frío que habita en ellas, no por vacío. El vacío nos sabe y descansa lejos de las manos. Nuestras manos.

Yo y el espejo Ulises.
Una tregua
Como así un barco de súbito paraíso
Tu patria

Mi última palabra. Ulises. La promesa de los espejos en el borde de la mudez. Los caminos y mi mudez. Yo la escucho, la muerdo… poco antes de pronunciarme. sin palabra.

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